Texto Narrativo
Las confesiones de Lina
Todo inició por aquellos últimos días fríos de invierno, cuando llegando de la escuela las dos buenas amigas se encontraron con una sorpresa muy especial. “¿A quién crees que puede pertenecer este paquete Lina? No veo a nadie por aquí y está en la puerta de tu casa.” Era un obsequio, y estaba primorosamente envuelto. Traía una tarjeta en la que con letras grandes y amarillas estaba impreso su nombre: “Lina.” Curiosamente no se mencionaba al emisor, pero eso no la detuvo para abrirlo en cuanto estuvo sola en su habitación.
Lina era una joven cerca de cumplir los 14, de piel morena y suave, con una mirada sosegada de tonos azulados. Al mismo tiempo su cabellera obscura que caía en multitud de espirales marcaba su carácter travieso y perspicaz. Esas mejillas sonrojadas eran testigos frecuentes de múltiples aventuras, como la que le deparaba el porvenir. Ahí sentada pronto descubrió que el gran misterio en sus manos era un simple libro cuyas páginas no escondían historia alguna. Tal vez fue por esa razón que permaneció por tantos días olvidado. La siguiente vez que tropezó con el no pudo resistirse a admitir que al observar sus páginas traslúcidas algo mas despertaba en su interior. Desde ese día no pudo dejar de escribir para compartir sus vivencias y deseos con aquel libro con el que casi sentía una amistad.
Con los días Lina no solo sentía deseos de escribir, sino que empezó a llenar las páginas con dibujos y retratos de ella, sus días en la escuela, su familia y escenas con su perro Coco. Coco era uno de los personajes que frecuentemente aparecían en su libro ya que era su acompañante aventurero. Tenía el pelo negro y se le formaban ondas desordenadas, apenas era un cachorro, de raza pequeña, pero rápido e inteligente para aprender nuevos juegos.
Lina empezó a notar que cuando escribía un acontecimiento en su libro, días después el conflicto se desarrollaba en la forma que ella hubiera deseado, siempre para mejorar. Su hermana enferma empezaba a recuperarse, sus notas de inglés subieron notablemente, y por fin logró tocar en su flauta varias melodías, solo por mencionar algunos ejemplos de esta extraña casualidad. ¿Sería también por casualidad que justo ahora las últimas nieves que cubrían su jardín desaparecieran y llegaran los primeros retoños de la primavera? Habían pasado ya casi tres meses desde aquel día en que encontró aquel maravilloso regalo a la puerta de su casa.
Ya era una costumbre para ella correr a escribir en su libro cuando algo le preocupaba, sabiendo que al poco tiempo se darían cambios benéficos acerca de esas cartas que iban llenando las páginas.
Acompañada por Coco y el libro, Lina salió a pasear al parque una tarde agradable y calurosa a mediados del verano. Jugando con Coco, se distrajo y Lina olvido el libro en una banca. Un señor, panadero de oficio y vocación, caminaba por ese mismo rumbo mientras tomaba un descanso. Puede que se encuentre cerca de los cuarenta y su figura bajita y regordeta nos haga pensar cuantas veces habrá probado los deliciosos biscochos, palmeritas y empanaditas que prepara. Su figura está entallada por ropaje blanco y ligeramente enharinado. Al leer el libro que se ha encontrado se da cuenta que parece no tener fin, ya que van apareciendo historias nuevas donde antes solo habían hojas blancas. La unión entre el libro y Lina permaneció y los acontecimientos en la vida de la niña continuaban llenando las blancas páginas. El panadero descubre que Lina estaba perdiendo su buen humor, ya no tenía ganas de platicar, se volvió temerosa y su curiosidad se apagaba día a día. Sentía que había perdido su coraje y valentía y que ya no era la misma sin su libro. El libro parecía que poco a poco iba perdiendo su luz. El amable señor al ver lo triste que estaba le empieza a escribir cartas de consolación y apoyo. Ya que el lazo invisible permanecía uniéndolos a los tres con fuerza, las cartas empezaron a llegar a Lina en sus sueños. Ella empezó a soñar con las recomendaciones y palabras que el buen cocinero le dedicaba.
Un día el panadero fue al parque y allí sentado en las bancas descubre a lo lejos la figura inconfundible de la niña y el perro. Después de contemplarla por un largo momento sólo para percibir por primera vez a la imagen del libro en movimiento, con gran emoción se acerca el panadero. Cuando los dos se vieron cara a cara por vez primera ella reconoció la voz del señor que había frecuentado sus sueños. Después de ese momento, Lina y el señor panadero se hicieron muy buenos amigos y se mantuvieron en contacto. A través del libro, se habían unido dos personas fieles y necesitadas que ahora formaban parte de una gran historia sin fin.
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